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Una mentira vale más que mil palabras
Hace un año terminé el bachillerato. Durante ese verano decidí cambiar ciertos aspectos de mi vida, especialmente mis hábitos. Era bastante dependiente del móvil y de los videojuegos, y sentía que necesitaba un cambio.
Pasé los tres meses de verano esforzándome por abandonar estos malos hábitos e implementar unos nuevos. Con el tiempo, encontré hobbies que me motivaban, como la lectura (especialmente sobre temas de psicología y economía). También hice cursos sobre emprendimiento, comencé a ir al gimnasio y empecé a aprender un nuevo idioma: el francés.
Estaba muy emocionada con mis nuevas actividades y ansiosa por contárselo a mis amigos. Un día, nos reunimos para ver una película y aproveché la ocasión para compartir con ellos todo lo que había estado haciendo. Sin embargo, todos y cada uno de mis amigos se rieron de mí, diciendo que estaba perdiendo el tiempo en cosas que no me llevarían a nada en la vida. Me frustré mucho porque no entendía por qué me decían eso, cuando a mí me parecían actividades beneficiosas.
Cada vez que nos reuníamos o hablábamos por teléfono, siempre sacaban el tema de mis "hábitos inútiles" y decían que había malgastado todo el verano en tonterías. Al final, terminé creyéndome esa mentira, de tanto escucharla, y empecé a pensar que mis esfuerzos realmente no valían la pena.
Pasé varias semanas reflexionando sobre todo esto y finalmente me di cuenta de que no debía cambiar lo que me gustaba hacer solo porque a mis amigos les parecía una estupidez. Con el tiempo, me desvinculé de ellos, ya que no compartíamos los mismos pensamientos sobre el futuro.
Moraleja:
Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.
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